En el umbral de la infancia

I

          “[…]Lilus camina con un pie en el agua, y un pie en la arena seca… En la ciudad también camina así… Un pie arriba y otro debajo de la banqueta. Por eso anda siempre algo desnivelada. Mientras así se menea, Lilus sueña y la arrulla ese modo de caminar como un barco…
…Sueña que posee un castillo. “La Castellana lejana”. Por primera vez piensa en señores; hay muchos en la playa. Unos flaquitos como ratones con apretados trajes de baño. Otros gordos y colorados, brillantes de aceite. No le gustan a Lilus. Parecen grandes pescados rojos, en su desnudez escandalosa. Le recuerdan “Los romanos de la decadencia”, un cuadro de carnicería que vio en el museo. Lilus sueña que se pasea con los perros de Ivar. Ivar es su marido. Ella anda descalza y oye el ruidito de la arena que cruje bajo sus pies. Está sola y tiene muchas ganas de revolcarse en la playa y de saltar muy alto e indecorosamente entre las olas. No puede resistir. Si su marido lo sabe, dirá que le hace falta ser más seria y más digna… (es un poco funcionario), y tal vez la amenace con encerrarla en un convento… Pero ella no le dejará acabar el regaño, le echará sus brazos de agua y sal al cuello; le enseñará sus collares de conchas azules pequeñísimas, tan tiernas que se parecen a los párpados de los niños dormidos y los de conchas duras que parecen dientes de pescado sanguinarios… o le dirá que Dios ha hecho la naturaleza no solamente para verla sino para que vivamos en ella, y cada uno tiene su ola y que por favor él escoja la suya, y que desde lo alto del cielo está viendo a sus hijos bañándose en el mar. Igual que una pata mira nadar a sus patitos… y le dirá… y lo dejará sin aliento y sin protestas…
Lilus se despierta. Le acaban de gritar “¡Ay, mamacita, quién fuera tren para pararse en tus curvas!” Eso le da qué pensar ¿Cuáles curvas? Lo de mamacita no le preocupa mucho, al fin y al cabo, ella no es la mamá del gritón […]”

“Lilus en Acapulco” en Lilus Kikus (1954) de Elena Poniatowska

II

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III

Todas íbamos a ser niñas, niñas en vez de esas reinas sin reino, solas, poseídas, desarraigadas, locas, tan lejos de sus sueños, Rosalía con Efigenia, y Lucila con Soledad. Demasiado pronto la sociedad va conformando ese sujeto femenino subyugado y agredido. No sólo le quitan a las niñas la curiosidad, esa voluntad avallasadora de organizar el mundo, esa energía que hace volar el cuerpo sobre los bosques para alcanzar un cielo más verde que el mar y esas ansias de navegar entre océanos de nubes en navíos de jacarandá; sí, demasiado pronto se aprende que no hay libertad: las retan y las golpean y las manosean y las matan. El pasaje de niña a mujer está marcado por la pérdida, “hacerse mujer implica una de-formación, una desorientación gótica, una pérdida de la autoridad sobre sí misma y la renuncia a todos sus objetivos”*, las niñas al crecer pierden a su niña, se convierten en mercancía del patriarcado, “mamacita, quién fuera tren para pararse en tus curvas”, el umbral de la infancia se llena de ausencias y silencios y desconciertos, la niña desaparece, muere, queda su borroso recuerdo en una fotografía. “Siempre seguirás siendo mi niña, la niña de esta niña vieja, tu mamá” porque mientras que la infancia es una etapa definida social y culturalmente, la niñez es un estado existencial flexible, duradero y ambiguo. Pero, sin embargo, nos quitan todo, nos quitan a nuestras niñas, no las quitan tantas veces como sea necesario, una y otra vez.

*Susan Fraiman, “Unbecoming Woman”

(Ejercicio de investigación: les entregué a Magdalena y Paz, de once y doce años respectivamente, una cámara descartable en julio de 2016 con la siguiente consigna: (1) tenían que leer el capítulo Lilus en Acapulco del libro de Poniatowska y comentarlo entre ellas, (2) dispondrían de dos cámaras fotográficas descartables para hacer 48 fotografías en la playa considerando lo que les llamó la atención de la lectura y lo que les gustara de la playa (3) debían pensar un poco cómo querían hacer las fotografías porque disponían de un capacidad limitada de tomas (4) no debían usar sus celulares u otros dispositivos durante el ejercicio y (5) se podían hacer retratos y autorretratos, pero no selfies –a pesar de que la distinción puede pedir mayor desarrollo, las chicas comprendieron intuitivamente la diferencia: la selfie es la comprobación exhibicionista de mi lugar en el mundo; el autorretrato es un ejercicio introspectivo para reconocerse en el mundo–. El objetivo consistía en intentar ver el mundo con la mirada fotográfica de las chicas a las que estaba retratando; entrever las relaciones temporales entre lo narrado por Poniatowska y la experiencia de la niñas hoy; y, quizás, cuestionar mi lugar como “autora” de las fotografías al incluirlas a ellas como productoras de imágenes y sentidos, así como la utilización de imágenes de archivo de diferentes orígenes y temporalidades.)

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